San Clemente, en Roma

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A 5 minutos del Coliseo, en dirección a Letrán, se encuentra la iglesia de San Clemente. El monumento no está entre los más populares y conocidos de la ciudad y quizás por eso, por lo que tiene de inesperado, la visita a la iglesia de San Clemente es una de las experiencias más bonitas que muchos se llevan de la Ciudad Eterna.
La iglesia acoge al visitante en un sugestivo ambiente medieval, a pesar de los inevitables añadidos barrocos, que le restan algo de su encanto. Sus dos principales puntos de interés son el mosaico del ábside y la capilla de Santa Catalina.
El mosaico (del siglo XII, como el resto de la iglesia) contiene numerosos elementos arcaizantes, más propios del cristianismo primitivo, y es de una gran belleza plástica. En Roma hay numerosas iglesias con mosaicos de época antigua y medieval, algunos de ellos de gran valor histórico -superior sin duda al que estoy comentando-, pero el de San Clemente, con su armonía geométrica, su alegre colorido y su expresivo simbolismo, tiene para mí un atractivo único.
Impresionante es también la capilla de Santa Catalina, completamente recubierta con frescos durante el primer tercio del siglo XV. Estos frescos tuvieron una significación especial en la Roma de aquella época. Los romanos acababan de salir de uno de los siglos más difíciles de su historia, con los papas residiendo en Aviñón, la ciudad reducida a un estado de increíble abandono, y la Iglesia Católica sumida en un cisma que la dividió en dos durante 40 años. Por fin, con el papa Martín V se resuelve el cisma, el papa regresa a Roma, y decide acometer la reconstrucción y embellecimiento de la ciudad trayendo a los mejores artistas del momento. Todo parecía anunciar la llegada de una nueva época de prosperidad.

Los frescos de esta capilla son el primer soplo del Renacimiento en Roma. En ellos se observan los primeros intentos de dominar la perspectiva y crear espacios realistas, algo que ya estaba experimentándose en otros lugares de Italia, pero que los romanos no habían tenido ocasión de ver. Así es como me gusta contemplar esta capilla cada vez que paso por San Clemente: como uno de los primeros destellos renacentistas en el panorama romano, un anuncio de la llegada de tiempos mejores para una ciudad muy castigada durante la Edad Media. Roma tendría por fin una nueva oportunidad para volver a brillar con luz propia.

En San Clemente se encuentran las excavaciones romanas más interesantes a las que tiene acceso un turista sin necesidad de solicitar permisos especiales. Si llegáis hasta la ventanilla donde se despachan los billetes de entrada no lo dudéis: bajad las escaleras y sumergiros en la historia de Roma.

El primer tramo de escaleras conduce hasta el nivel donde se encuentra una iglesia del siglo IV, de la cual -asombrosamente- se había perdido todo rastro documental hasta el siglo XIX. Fue un prior de San Clemente, el padre Mulloony, quien realizó el descubrimiento en 1857. Por eso, una de las primeras cosas que encuentra el turista al comenzar su visita subterránea es el busto de mármol de este monje, de origen irlandés, que con gran precariedad de medios, sin ayuda institucional, tomó la iniciativa de comenzar a excavar bajo el suelo de su iglesia.

Su asombro debió ser mayúsculo al descubrir que San Clemente estaba cimentada sobre los muros de otra iglesia más antigua, que hoy el turista puede ver al descubierto. Con un poco de atención, es fácil analizar la correlación entre las estructuras de ambas iglesias, superior e inferior: el antiguo ábside, las antiguas hileras de columnas reforzadas para soportar el peso… Especial atractivo tienen los frescos medievales de las paredes de la iglesia inferior, algunos en un estado de conservación muy aceptable. Con una buena guía que os permita interpretarlos correctamente disfrutaréis mucho con sus pintorescas historias. En uno de ellos, por ejemplo, se encuentran las primeras palabras escritas en lengua vulgar italiana (a excepción de las llamadas “Cartas de Capua”). Demasiado “vulgar” para ser más precisos, pues comienzan de esta guisa: “Fili dele pute, traite”, cuya traducción me parece innecesaria.

Ocho siglos separan la iglesia superior de la inferior, pero todavía podemos descender otros tres más en este viaje por la Historia. Un nuevo tramo de escaleras conduce hasta los edificios que sirvieron de cimiento a la iglesia del siglo IV . El lugar no es menos interesante que el que hemos dejado, y está todavía más envuelto en el misterio: llegamos a una serie de estructuras de la época de Nerón. Allí se puede ver uno de los mitreos mejor conservados de Roma, con los triclinios de piedra donde se recostaban los adoradores de Mitra en sus banquetes rituales. Junto a él, separado por un estrecho pasillo, hay un edificio noble, construido con bloques sillares, que parece ser uno de los primitivos lugares de culto semiclandestino de los cristianos en Roma, antes de que estuviera permitida la construcción de iglesias. Mitraísmo y cristianismo primitivo juntos, en los sótanos excavados de San Clemente.

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