Paseando por los Monegros

Cuenta la leyenda que Tariq rondaba los 18 años cuando Felipe III decretó la expulsión de los moriscos. Él, junto a 61.000 musulmanes aragoneses, abandonó las verdes huertas de la ribera del río Ebro. Su familia había decidido trasladarse a Testur (actual Túnez). En sus alforjas llevaba el secreto mejor guardado, la construcción de altas torres de ladrillo, argamasa, yeso y azulejos. Inundó el desierto del Sáhara de vivos colores, los del arte mudéjar.

Aragón está plagado de construcciones levantadas por los mudéjares, musulmanes sometidos al dominio cristiano. Alarifes, carpinteros, decoradores en yeso, artesanos que ayudaron a elaborar un nuevo estilo arquitectónico cómodo, eficiente y bello. Puede que los musulmanes se sintieran bien en esta comunidad autónoma medio desértica, semejante a sus lugares de origen, o puede que aquí encontraran los materiales necesarios para edificar. Lo cierto es que su trabajo fue más que prolífico. Recorrer el desierto de Los Monegros por la ruta del arte mudéjar es una experiencia memorable.

La comarca de Los Monegros, un secarral a escasos kilómetros de la capital de Aragón, Zaragoza, contiene mucha vida. Un ecosistema único, a caballo entre la estepa rusa y el desierto del Sáhara. Un lugar donde la biocenosis (comunidad biológica) documentada supera las 5.400 especies, cifra superior a la registrada en cualquier otro hábitat europeo, con un alto grado de endemismos (especies únicas).
Entre salinas baldías

Un horno lleno de vida plagado de fenómenos extraños como la inversión térmica (en invierno la niebla es la culpable de que haga más frío en los terrenos bajos que en los altos), de salinas baldías, de bosques de sabinas y de pinos (de ahí su nombre, Montes Negros). Y de torres de barro con incrustaciones de colores, el arte mudéjar. El paseo por la época musulmana comienza en la Iglesia de Santa María Magdalena, conocida por los maños como La Torre de la Magdalena, exponente máximo de este tipo de arte en Zaragoza.

Después de esta experiencia religiosa, ni católica, ni musulmana, se puede tomar la carretera comarcal A-129 en dirección a Sariñena. Por el camino aparecen desperdigadas las localidades de Villamayor, Perdiguera, Leciñena, Alcubierre, Lanaja. Cada una de ellas, con su imponente torre mudéjar, alguna incluso jalonada con un pesado y emotivo nido de cigüeña. Merece la pena detenerse en Alcubierre, donde quedan trincheras de la Guerra Civil, perfectamente conservadas.

Entre los sacos de arena y las alambradas de espino combatió hace ya más de 70 años el escritor británico George Orwell. El puerto de Alcubierre tenía una gran importancia estratégica y táctica. Desde su cima, a algo más de 800 metros de altura se visualiza, desde Zaragoza a Huesca, con El Moncayo y Los Pirineos al fondo. Hoy se ha restaurado una primera trinchera (la 5 nacional), justo a la izquierda de la carretera, y se puede acceder bastante fácilmente. Al lugar se le ha llamado, no podía ser menos, Loma Orwell.

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